Sin lugar a dudas, en general la Biblia urge a las personas a someterse a las autoridades, de manifestar respeto por las autoridades, así como por toda persona. El concepto está resumido en la carta de Pablo a los Romanos 13.1-6.

“Todos deben someterse a las autoridades públicas, pues no hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él.”  (Rom 13.1).

En la misma línea de pensamiento están otros pasajes en el Nuevo Testamento, como 1 Timoteo 2.1; Tito 1.3 y 1 Pedro 2.13-17, los que nos urgen a respetar las autoridades, orar por ellas y buscar la paz.

Es muy significativo que el pasaje en Romanos repite tres veces la frase que las autoridades están “al servicio de Dios” (en la RV 1960, “servidor de Dios”). La visión cristiana es que hay un orden establecido por Dios y que, por encima de todo, está Dios quien es soberano, creador y sostenedor, en fin, el “rey de reyes”.

Es desde esta perspectiva que al profeta Samuel no le gustó nada la petición del pueblo de Israel, cuando reclamaba un rey para gobernarlos (1 Samuel 8.1-22), como las otras naciones a su alrededor. El pedido de los israelitas significaba, como Dios mismo le dice a Samuel, que “no quieren que yo reine sobre ellos”. El pedido de un rey fue una afirmación del rechazo del pueblo de Israel a su Dios. “Me han abandonado para servir a otros dioses”, fue el comentario de Dios a Samuel.

Dios permite que tengan su rey, pero al mismo tiempo le avisa a Samuel que los advierta de lo que iba a implicar tener un gobernante humano, que no sea Dios. Así que, Samuel no pierde la oportunidad para gráficamente contarles a los israelitas todos los males que van a sufrir a manos de sus gobernantes, y “cuando llegue aquel día, clamarán por causa del rey que hayan escogido, pero el Señor no les responderá”!!

Podemos interpretar la permisividad de Dios en este momento tan significativo en la historia de la relación de Dios con su pueblo, como una enseñanza, que solamente con el tiempo se iba a asimilar, que ningún tipo de gobierno en la tierra resolverá los problemas de los seres humanos (y, en particular, del pueblo de Dios), ni garantizará la paz y la seguridad mientras el pecado reine en nuestras vidas, o sea mientras siga habiendo pecadores. Como luego se desencadenó la historia del reino de Israel, le dio la razón a Samuel y así esa historia se convirtió en una lección para los cristianos de todos los tiempos.

La misma historia nos obliga a guardar una actitud crítica hacia los gobernantes y no albergar ninguna ilusión acerca de las autoridades terrenales. Mientras se nos insta a manifestar todo respeto a las autoridades, como a toda criatura de Dios, sabemos que ellas, igual como nosotros, son seres pecaminosos, que no van a resolver todos los problemas de la vida y que, en el fondo, representan la tendencia humana de rechazar la autoridad de Dios y servir a ídolos, otros dioses.

Fue esta realidad que luego hizo que surjan los profetas, que repetidas veces tenían que enfrentar a las autoridades para mostrarles su pecado. A veces el gobernante escuchó, reconoció su falla y se arrepintió, pero otras veces se ponía duro y solamente buscaba callar la voz del profeta.

Aún el gran rey David, un varón conforme al corazón de Dios (1 Samuel 13.14; Hechos 13.22), no pudo eludir ser confrontado por el profeta Natán por su pecado, por su tremenda injusticia, cuando maquinó el asesinato de su general Urías para apoderarse de su esposa (2 Samuel 12.1-12). Evidentemente Natán no tuvo miedo de confrontar a David y denunciarlo por haber despreciado la palabra de Dios y hecho lo que no es de su agrado. En ese caso, como el salmo 51 atestigua, David reconoció su pecado, se humilló y se arrepintió, pero aun así su pecado tuvo consecuencias nefastas.

A diferencia de ese caso de David, repetidas fueron las advertencias de los profetas contra las injusticias de los gobernantes las que no edujeron un cambio de actitud y el arrepentimiento. Un “hombre de Dios” enfrentó a Jeroboán, rey de Israel, por su idolatría sin resultado (1 Reyes 13). Luego el profeta Ahías volvió a denunciar a Jeroboán (1 Reyes 14). Más adelante en la historia el profeta Elías denuncia el rey Acab por su maniobra de quitarle el viñedo a Nabot (1 Reyes 21).

Los profetas no se callaron ante las injusticias cometidas por los gobernantes y los pudientes. Los denunciaron y muchas veces, como Jeremías, tenían que sufrir las penosas consecuencias de no decir lo que los gobernantes querían escuchar. No es necesario citar todos los ejemplos, que son muchísimos, sino simplemente reconocer que Dios levantó los profetas principalmente para denunciar los pecados de su pueblo, incluyendo a sus gobernantes. Suficiente aquí sería citar dos ejemplos:

“¡Ay de los que solo piensan en el mal,y aun acostados hacen planes malvados! En cuanto amanece, los llevan a cabo porque tienen el poder en sus manos. Codician campos, y se apropian de ellos; casas, y de ellas se adueñan. Oprimen al varón y a su familia, al hombre y a su propiedad. Por tanto, así dice el Señor: 

«Ahora soy yo el que piensa traer sobre ellos una desgracia, de la que no podrán escapar. Ya no andarán erguidos,porque ha llegado la hora de su desgracia. En aquel día se les hará burla, y se les cantará este lamento: “¡Estamos perdidos! Se están repartiendo los campos de mi pueblo. ¡Cómo me los arrebatan!Nuestra tierra se la reparten los traidores”». (Miqueas 3.1-4)

“¡Ay de los que emiten decretos inicuos y publican edictos opresivos! Privan de sus derechos a los pobres, y no les hacen justicia a los oprimidos de mi pueblo; hacen de las viudas su presa y saquean a los huérfanos. ¿Qué van a hacer cuando deban rendir cuentas, cuando llegue desde lejos la tormenta? ¿A quién acudirán en busca de ayuda? ¿En dónde dejarán sus riquezas? No les quedará más remedio que humillarse entre los cautivos o morir entre los masacrados.” (Isaías 10.1-4)

Algunos otros ejemplos de las palabras duras de los profetas contra semejantes injusticias y el abandono de las enseñanzas de Dios, se encuentran en los siguientes pasajes: Miqueas 3.1-4, 9-12; 7.3; Isaías 5.8-9; Jeremías 21.11-12; 22.11-15,17.

Ahora, hay que hacer dos observaciones claves. En primer lugar, la denuncia de las injusticias está fundamentada en las enseñanzas recibidas de Dios. No es una cuestión de opinión y no hay nada relativo en las reprensiones. La norma ha sido fijada por Dios y apartarse de ella merece el juicio de Dios. Y aquí es la segunda observación. El juicio es de Dios y si el profeta tiene la valentía de denunciar las injusticias cometidas no es por soberbia, sino por misericordia, ya que es la voluntad de Dios que “el malvado se convierta de su mala conducta y viva” (Ezequiel 33.11).

 

En este pasaje de Ezequiel se explicita el mandato de Dios al profeta de advertir a los malvados la necesidad de cambiar su mala conducta para que no acarree las consecuencias del juicio de Dios y si el profeta no cumple en hacer la advertencia correspondiente, Dios le va a pedir cuentas a él por la sangre del sentenciado. Aquí no hay opción. Callarse ante la injusticia, también trae como consecuencia el juicio de Dios.

Al lado de la voz profética también encontramos en la Biblia la “desobediencia civil”. En Daniel 3, Sadrac, Mesac y Abednego se negaron a cumplir el orden el rey Nabucodonosor de honrar a sus dioses e inclinarse ante la estatura de oro. Luego Daniel mismo (en el capítulo 6) se negó a dejar de adorar a su Dios, en vez de adorar al rey Dario. 

Similar situación ocurre en el Nuevo Testamento cuando los apóstoles, a pesar de que las autoridades judías los prohibieron terminantemente de enseñar en el nombre de Jesucristo, declararon que “¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!” (Hechos 5.29). Denunciaron a las autoridades por la muerte de Jesús y sin titubear seguían proclamando las enseñanzas de Jesús. Una de las consecuencias de su postura firme fue el arresto y martirio de Esteban. Él tampoco se calló, sino declaró ante todas las autoridades del Sanedrín (el Consejo Judío), que ellas eran “¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos! … ustedes que recibieron la ley promulgada por medio de ángeles no lo han obedecido.” (Hechos 7.51, 53). ¡Cuántas veces los gobernantes hoy en día no obedecen las leyes dictadas por ellos mismos!

Dado que existe el gobierno civil y no vivimos en una teocracia, es importante reflexionar brevemente sobre aquellas normas bíblicas que deben orientar la administración de justicia, la que es tarea de todos que tienen alguna función dentro del estado. 

En el Antiguo Testamento se esperaba que el rey (gobierno civil) se guiase por la Torá, la ley y que la leyese todos los días de su vida (Deuteronomio 17.19). Se esperaba que cumpliese fielmente la ley y sus preceptos. Además, no tendría que creerse superior a sus hermanos (Dt 17.20). El rey y todos sus funcionarios tenían el papel fundamental de asegurar que el pueblo goce de Shalom, paz, seguridad y, sobre todo, buenas y justas relaciones los unos con los otros. Esto, por lo menos, fue el ideal, lo que en la realidad – como ya observamos – no sucedió. En cambio, muchas veces, el comentario crítico de Proverbios 28.16 fue la realidad:  “El gobernante falto de juicio es terrible opresor”. Sin embargo, queda para orientarnos el concepto bíblico primordial que la justicia se basa en las relaciones correctas entre los seres humanos, las relaciones de toda índole y cuando esto no sucede, sea quien sea que cometa la injusticia, esta debe ser hecha manifiesto, por misericordia hacia la víctima, así como también hacia el autor. En este sentido, el profeta no es una opción de vida sino una obligación delante de Dios y los “hombres”.

 

 

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