J.C. Ryle dijo: “Si la enfermedad en un mundo malvado puede ayudar a que los hombres piensen en Dios y en sus almas, entonces la enfermedad confiere beneficios a la humanidad”

Cuando Dios creó al ser humano lo hizo en un estado de inocencia y pureza, a su propia imagen y semejanza: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:26-17).

Esa Creación era impecable, abarcando los seres humanos, la flora y la fauna. Convivían, crecían y se desarrollaban en perfecta armonía. La vida se disfrutaba y las interacciones entre unos y otros no tenían restricciones, no existían, en consecuencia, las agresiones ni la enfermedad.

Pero llegó el día donde se produjo un cambio que afectó y enturbió la relación entre toda la Creación y muy especialmente entre ésta y Su Creador: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Génesis 3:6-8)

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12)

En el día de hoy, cuando los seres humanos debemos mantener el aislamiento llamado cuarentena para intentar preservar la salud y la vida, se reciben reportes de diferentes ciudades en las cuales los animales silvestres tales como pavos reales, monos, jabalíes, ciervos o aves exóticas, pasean por las calles y los jardines. Mientras el ser humano se esconde, ellos ensanchan sus territorios.

El Diccionario nos dice que “esconderse” es: “Ponerse una persona en un lugar en que no pueda ser vista”

Hoy ciertamente “escondemos” para cuidar la salud; pero necesitamos considerar si también nos estamos escondiendo del Creador. En el primer caso podremos lograr un buen resultado. En el segundo, será absolutamente inútil, ya que nadie puede sustraerse de la influencia del mayor mal que aqueja a la Humanidad: el pecado…

“Porque mis ojos están sobre todos sus caminos, los cuales no se me ocultaron, ni su maldad se esconde de la presencia de mis ojos” (Jeremías 16:17)

Sin embargo, actuaremos sabiamente y hallaremos un buen refugio si elegimos “escondernos” bajo la Protección del Señor:

“Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío…” (2 Samuel 22:3)

“Jehová será refugio del pobre, refugio para el tiempo de angustia” (Salmos 9:9)

“Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás” (Salmos 32:7)

Recordemos: Solamente en el Señor hallaremos un Refugio Seguro… Solo Él puede escondernos y librarnos de todo mal.

TBS

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